Al capitalismo, ni un tantito así
En noviembre de 1964, en Santiago de Cuba, el Che recordó el asesinato de Patrice Lumumba bajo la bandera de las Naciones Unidas y advirtió que “en el imperialismo no se puede confiar ni un tantito así, nada». Sesenta y dos años después la consigna sigue siendo una brújula.
El capitalismo cambió de vestimenta, de máscara, pero no de naturaleza: vive a partir de succionar nuestro trabajo, nuestro tiempo, nuestros recursos, de la explotación y de la opresión de la masa de trabajadoras y trabajadores del mundo. Perpetúa su violenta dominación mediante guerras imperialistas, guerras económicas, mediante la destrucción de la naturaleza, mientras renueva, con discursos rimbombantes, su promesa de humanización. Sin embargo, sabemos que existe gracias a la desigualdad social basada en la explotación. Su naturaleza es la acumulación: ganar más y más, sin tapujos éticos, desplazando toda centralidad del ser humano, convirtiéndolo de hecho en una mercancía más que se transa en el mercado.
Al imperialismo, ni un tantito así
La acumulación del capital ha dividido al mundo, en función de sus cualidades, en una división internacional del trabajo entre regiones ricas en bienes naturales y en mano de obra barata y países centrales dinamizadores de las industrias y del capital financiero. Esta articulación se funda sobre un reparto político del mundo, donde entran en competencia las potencias imperialistas, sus carreras armamentísticas, espaciales y tecnológicas.
EE. UU., potencia imperialista hegemónica desde la Segunda Guerra Mundial, busca hoy reafirmar su poder y control en nuestra América, a la que considera su patio trasero, mediante políticas arancelarias, imposición de bloqueos, ocupaciones, bases militares e intervención directa en procesos electorales para imponer gobiernos cipayos.
En su disputa política con China, busca perpetuar el control sobre los recursos dinamizadores de la economía digital del siglo XXI. El triángulo del litio, formado entre Argentina, Bolivia y Chile, concentra más de la mitad de los recursos mundiales de un mineral clave para las baterías y la transición energética. No es casual que Washington haya sumado a Argentina a su alianza de minerales críticos, ni que casi todo el litio que importa Estados Unidos salga de Argentina y Chile. Uruguay también tiene su lugar en ese mapa a partir de una de las gigantes tecnológicas, Google, que construye su data center —que requiere un gran consumo de agua y energía eléctrica— en una zona franca de Canelones.
El imperialismo reaparece bajo la forma de guerras políticas que son expresión de guerras económicas, que buscan salvaguardar la reproducción global del capital y el dominio económico y financiero de las potencias mundiales. El genocidio del pueblo palestino, transmitido en directo, arrebató la vida de al menos 21.289 niñas y niños entre el 7 de octubre de 2023 y el 3 de febrero de 2026, bajo la mirada condescendiente de gobernantes y políticos de todo el globo, entre ellos los del presidente Yamandú Orsi.
A la precarización, ni un tantito así
Nunca antes el trabajo humano, potenciado por la ciencia y la tecnología, produjo tanto valor como hoy. Y, sin embargo, las y los trabajadores trabajamos más horas y más intensamente, en una lógica productivista potenciada por el control y la vigilancia digital. Lo que la tecnología podría potenciar y liberar, su uso capitalista lo convierte en más explotación y precarización.
La precarización no es un accidente ni una pesadilla pasajera. Es un requerimiento y una exigencia de la lógica expansionista y acumulativa del capital, que se expande a partir del deterioro y la destrucción de las conquistas históricas de las y los trabajadores. La tercerización y la subcontratación, los contratos a término, la expansión de los falsos autónomos o emprendedores, son mecanismos utilizados por las empresas para garantizar e incrementar sus ganancias.
Mientras las empresas de plataformas digitales se enriquecen con sus inversiones en la bolsa de valores, las y los repartidores trabajan 12 horas diarias, sin derechos, sin seguros, sin protección, expuestos a accidentes y, como si fuera poco, deben hacerse cargo de los costos del trabajo: moto, celular, seguridad social, etc.
El propio Estado materializa esta precarización, enmascarada en la tercerización de las funciones públicas. En el Uruguay del siglo XXI, las y los trabajadores de los refugios del Mides, que cumplen una función social fundamental, pasan meses sin cobrar sus salarios.
Proponemos no aceptar dócilmente que todo lo que producimos sea utilizado para acrecentar los bolsillos de los empresarios o para “abaratar los costos del Estado”, mientras se exonera a empresas internacionales de impuestos que podrían al menos dignificar un poco la vida de las trabajadoras y los trabajadores. Queremos recuperar el tiempo robado y el fruto de nuestro trabajo.
Al reformismo, ni un tantito así
Nos dicen que el capitalismo puede corregirse, que ya va a llegar la parte de la torta que nos corresponde, que con buena administración sus males desaparecerán. Y el tan nombrado derrame nunca llega.
Sabemos que el sistema del capital existe en función de una distribución desigual de la torta, de la apropiación del trabajo ajeno. Cuando la torta crece, algunos pocos sectores pueden ver reflejada una mejoría transitoria; cuando llega la crisis, el cinturón se ajusta siempre del mismo lado: el nuestro.
La teoría del mal menor que aparece antes de cada votación únicamente alimenta una esperanza aniquiladora de los sueños y las esperanzas de igualdad radical, de libertad social, de apropiarnos socialmente de nuestras potencias colectivas y de construir una sociedad que ponga en el centro la vida y no la reproducción del capital. Y lo que es peor, cuando el mal menor se constituye en la única alternativa que finalmente no satisface las expectativas, es cuando el reformismo le abre la puerta al fascismo, como lo hizo siempre.
No nos interesa discutir a quién votar en las próximas elecciones, pues allí no se define las condiciones de vida de la gran mayoría de la clase trabajadora. Sabemos quienes son los peores pero, más importante aún, es que sabemos que ninguno puede resolver nuestros problemas fundamentales. A los que nos piden paciencia con sus juegos ilusorios de reformas irrealizables, “ni un tantito así”.
En definitiva, decimos: ¡al capitalismo, ni un tantito así, nada!
No nos conformamos con el mal menor. No nos conformamos con aumentar ínfimamente la porción de la torta destinada a unos pocos y durante poco tiempo. No nos conformamos con el aumento de la explotación y la precarización del trabajo. No aceptamos la autocracia del capital ni del imperialismo.
Buscamos tomar las riendas, superar al capital y sus relaciones sociales de explotación y expoliación.
Por eso nos organizamos como clase, en cada lugar de trabajo, de estudio y de vida, para construir poder popular, para unir las luchas de nuestra américa y para fundar un mundo donde lo que producimos entre todas y todos se decida entre todas y todos.
Como el Che, decimos: al imperialismo, a la precarización y al reformismo, «ni un tantito así».
A quienes nos piden paciencia, ni un tantito así, pues la paciencia es un lujo solo disponible a unos pocos.
Liberación