CUANDO LLEGA EL FASCISMO

Incubada la serpiente

 

La idea de que “se viene la derecha” o “se viene el fascismo” augura la inminencia de un suceso, la aproximación de algo que no está, que llega desde algún lugar externo. Pero contradictoriamente, la alerta, así planteada, nos deja como desorientados, buscando de dónde vendrá el golpe. Es que la derecha no es un agente externo, incuba incluso en la propia izquierda. Los fachos o “lo facho” constituye un rasgo presente desde siempre en nuestra sociedad, un rasgo fuerte, por cierto. Mastica odio en silencio, hasta que ciertos contextos económicos y políticos configuran la etapa de su protagonismo. Esto debería ser a esta altura una lección histórica.

 

Un artista callejero es asesinado pintando la pared de una propiedad en un barrio burgués. Setenta mil personas reúnen firmas contra una ley que se propone reparar en algo el calvario discriminatorio sufrido por una minoría trans. El comandante en jefe del ejército sale en defensa de los pocos torturadores de la dictadura que han sido procesados, incluso con prebendas inadmisibles. Su separación del cargo por otra parte, lejos de representar un aleccionamiento de algún tipo, se transforma en la rampa de lanzamiento del partido militar.

La voz militar vuelve habilitada como si nada hubiese pasado, y aunque su éxito en términos de votantes probablemente se restrinja a la familia castrense y las peores expresiones de la derecha local, la sola participación de esas agrupaciones cívico-militares supone un terrible ejemplo de lo admisible en estos modelos democráticos. A esta lista de insucesos podríamos agregarle otros que se repiten con aparente inconexión, pero que abonan el mismo tipo de ruidos: la infiltración de servicios de inteligencia en manifestaciones ambientalistas o la recolección de cuatrocientas mil firmas para una iniciativa que supone más militarización. Todo esto está pasando ahora sin el relevo de una versión uruguaya del “bolsonarismo” en el gobierno. Pasa en pleno progresismo.

 

La burguesía lo necesita, el fascismo actúa

 

En el Uruguay de fines de los años cincuenta la CIA impulsaba programas de asistencia militar donde se especializaba a unidades militares en contrainsurgencia. Incentivaban programas de ‘seguridad pública’, que implicaba la militarización de la policía y la capacitación de los departamentos de Inteligencia en tareas de contrainsurgencia, infiltración y espionaje político. Promovían mecanismos de identificación civil y control de fronteras, leyes para limitar el derecho a huelga, y alentaban a través de organizaciones de la sociedad civil, agrupamientos para difundir ideas de “respeto a la civilidad”. Esto lo hicieron a través de distintos períodos de gobierno, con más o menos respaldo de la clase política local. Utilizaron operadores desde adentro y desde afuera del sistema político.

Para principios de los años sesenta había casi medio centenar de nucleamientos “civiles” instalados en la sociedad uruguaya. Se asentaron fundamentalmente en el interior y en los barrios adinerados. Confluyeron peones, estancieros y milicaje en sociedades folclóricas y se conectaron con logias en los cuarteles. Fanáticos católicos y comisarios, comisiones de damas y padres preocupados por la supuesta influencia marxista en los centros de estudio. Todo ese entramado fue la base social del paramilitarismo. Como martillo contra yunque estuvieron adoctrinando jóvenes y ganando espacios durante diez años hasta que se consumó el Golpe de Estado en junio de 1973. De ahí en adelante, se encargó la dictadura directamente.

 

En setiembre de 1973, en Chile, Pinochet también daba el golpe. Diecinueve días antes, había sido el propio gobierno de Allende que nombró al dictador como comandante en jefe del Ejército. Más recientemente, fue el propio Partido de los Trabajadores en Brasil quién estrecho la mano con Michel Temer, alcanzando una alianza electoral que lo llevaría a la vicepresidencia en el 2011, para que luego su partido, el PMDB, en alianza con los partidos de derecha conservadora y la burguesía, dieran un Golpe de Estado técnico en el 2016. Su fugaz dicta-blanda de dos años alcanzó para que los militares aumentaran drásticamente su participación en las calles bajo pretexto de colaborar en la seguridad pública. El siguiente paso lo daría Jair Bolsonaro como presidente electo por sesenta millones de personas, constituyendo un gobierno anti-izquierdista, racista y homófobo, de amplia participación militar.

 

Claramente el ascenso del fascismo en nuestras sociedades no fue producto de una contienda electoral concreta o una polarización espontánea de fuerzas, sino una compleja y sistemática sucesión de movimientos que se fraguan mucho antes de los auges autoritarios y más allá de los recintos parlamentarios.

 

Las políticas miliqueras son la levadura del fascismo

 

En Uruguay, en el año 2008, el hijo del dictador Bordaberry proponía cincuenta medidas para mejorar la seguridad pública. Una quincena se aprobaron casi de inmediato con leves modificaciones, otras treinta siguen a estudio del gobierno. La porción más agresiva del proyecto, que fue desestimado en su momento, reapareció ahora con el aval de los cuatrocientos mil firmantes de la campaña “Vivir sin miedo”, cuyo contenido central es militarizar a la policía y otorgarles más participación a los militares propiamente en tareas de seguridad y emergencia pública. Todo indica que los militares (quienes ya han sido facultados para hacerse cargo del patrullaje fronterizo y los perímetros carcelarios) continuarán su despliegue territorial con más o menos celeridad según prospere o no el plebiscito miliquero. Lo que en todo caso está claro, es que no retrocederán de los espacios obtenidos.

 

Los planteos del perfeccionamiento del aparato represivo al servicio de la institucionalidad democrática se proyectan dentro de la izquierda, tienen fuerza asombrosamente a la par que aparecen intermitentemente (y cada vez más seguido) indicios de la actuación de los servicios de inteligencia en Democracia, y a la vez que los espacios de memoria a los desaparecidos son sistemáticamente agredidos. Éstos planteos –los de un aparato represivo depurado y democrático- contrastan con la promoción de leyes antiterroristas y adquisición de equipamiento antimotines, que por el contrario equivale a proyectar escenarios de policías enfrentados a la gente. A su vez, surge la evidencia de la infiltración de nuevas generaciones de policías en manifestaciones sociales, donde se siguen y registran a manifestantes, en operativos de dudosa legalidad, pero con aval de las jerarquías policiales y políticas, sin que ninguna institución exija esclarecimiento de las actuaciones. Cabe concluir que promover desde una perspectiva de izquierda la fantasía de un aparato represivo depurado y democrático, es cuanto menos una irresponsabilidad que tiene tan escaso aval histórico como posibilidad futura de concretarse. En cambio, los riesgos del fracaso de tal proyecto se pagan, lamentablemente, con nuevos y más tecnificados métodos represivos, con más listas negras, con más gente fichada por pensar distinto, con más policías y militares formados en la cultura de la soberbia y el desprecio. En fin, con más instrumentos para fortalecer el fascismo.

 

Si pisas una mariposa, provocas una dictadura

 

Ese fascista que todos llevamos dentro que decía Focault, se alimenta en cada reacción autoritaria, y muere con cada gesto solidario y creativo. Contradictorio y esperanzador, el escenario actual da señales de amplios movimientos, si no en un sentido revolucionario cómo siempre lo entendimos desde la izquierda, si claramente a favor de una sensibilidad transformadora de las relaciones interpersonales. El protagonismo del feminismo, la demanda de derechos de minorías históricamente discriminadas, la jerarquización de la cultura cómo vehículo de protesta y una lectura interpelante del desarrollo en detrimento de la naturaleza, suponen posicionamientos desafiantes contra otra versión de la actualidad que se aferra en reacción a desconocer el valor de estas nuevas formas (o tal vez viejas formas, pero revitalizadas a fuerza de la asistencia de multitudes). Es importante poder descubrir en estos movimientos las primeras escaramuzas de una batalla que ha de librarse a escala mundial contra el fascismo. Un nuevo ¡no pasarán! que se resignifica desde lo más simple y esencial: “No pasará tu violencia machista”, “no pasará tu desprecio por mi identidad de género”, “no pasará tu mercado sobre nuestros espacios creativos”, “no pasará tu fábrica sobre nuestros ríos”.

De que de todos esos “no pasarán” se constituya una fuerza capaz de trascender la atomización y plantear cambios estructurales no se puede tener certeza. Pero lo que está claro, es que sólo desde esas posiciones viscerales contra modelos perimidos de pensamiento, hay posibilidades de que nazcan iniciativas rebeldes que se transformen en alternativas al modelo dominante. Del otro lado (que de un momento a otro puede ser tu propio lado), no hay campo fértil para los cambios.

 

¿El ascenso del fascismo se dirime en las elecciones?

 

No hay un fascismo llegando por la frontera norte o una horda derechista preparándose en los barrios ricos. De hecho, si se mide en términos de intención de voto, el voto de la derecha en Brasil cómo en Argentina (y probablemente en Uruguay), es un voto de galera y championes rotos. Una oligarquía ansiosa por castigar los excesos de una administración que ha trazado con los retazos de un legado izquierdista una agenda social tibia e insuficiente para resolver los problemas sustanciales, pero suficientemente irritante para el empresariado. A su vez, una masa culturalmente empobrecida que ha crecido con una única conclusión en materia política: las elecciones son un mercado de favores.

Por su parte, el fascismo de esta etapa se diferencia del nazismo hitleriano en tanto encarna una alianza que sorprende por la antagonía de sus componentes: empresariado ultra-liberal en convivencia con militarismo reaccionario. De ahí que cierta pose demócrata-burguesa (especialmente en nuestro país) prefiere no emparentarse directamente con el “bolsonarismo” y sus expresiones locales, más allá de que contienen la sonrisa de beneplácito frente a cada señal de gorilaje exacerbado. Saben que sus cunas ideológicas tienen una distancia que no admite un contrato a ciegas con el neo-fascismo y prefieren confluir, por ahora, en programas a corto plazo y propuestas concretas. Pero ellos saben que una coalición anti-progresista en el escenario local (más parecida al “macrismo” que al “bolsonarismo”) tendrá que enfrentar más temprano que tarde la fuerza de un intento de “restauración progresista”, brecha para la cual quieren contar con el mejor aliado para la tarea: los adoradores de la bota y la cachiporra.

Resumiendo: claro que no es equivocada la consideración de que la caída de los gobiernos progresistas deja paso a una derecha ansiosa de barrer con esa tibia agenda de políticas sociales, deshacerse de los programas culturales y profundizar la precarización laboral. A decir del Sub-Comandante Marcos hace dos décadas (cuando los progresismos recién despuntaban con la esperanza de desplazar a las políticas neoliberales): “A la sombra de una izquierda que no se define en teoría y práctica, acecha el fascismo más retrógrado”.

Lo que no parece tan acertado, sin embargo, es suponer que el avance del fascismo se dirime en el instante electoral, y que, por lo tanto, la permanencia de los progresistas en la administración del aparato del Estado (o su regreso posterior) asegure un freno a esas políticas reaccionarias. Lo único que emplazará a los unos y frenará a los otros, es una base social fuerte y organizada, con capacidad de enarbolar con firmeza y amplios niveles de autonomía las ideas de los desposeídos, de los excluidos, en todos los planos. Una fuerza que pueda expresarse en frentes sociales donde se cultiven concepciones radicales de cambio. Si es ambientalismo que sea anticapitalista, si es feminismo que sea antipatriarcal y desde abajo, si es cooperativismo que sea solidario y edificador de un proyecto transformador, si es sindicalismo que sea con democracia directa y perspectiva de quiebre. En fin, si es de izquierda, que sea revolucionaria.

 

Pablo Mejías

 

 

CUANDO LLEGA EL FASCISMO

Incubada la serpiente

 

La idea de que “se viene la derecha” o “se viene el fascismo” augura la inminencia de un suceso, la aproximación de algo que no está, que llega desde algún lugar externo. Pero contradictoriamente, la alerta, así planteada, nos deja como desorientados, buscando de dónde vendrá el golpe. Es que la derecha no es un agente externo, incuba incluso en la propia izquierda. Los fachos o “lo facho” constituye un rasgo presente desde siempre en nuestra sociedad, un rasgo fuerte, por cierto. Mastica odio en silencio, hasta que ciertos contextos económicos y políticos configuran la etapa de su protagonismo. Esto debería ser a esta altura una lección histórica.

 

Un artista callejero es asesinado pintando la pared de una propiedad en un barrio burgués. Setenta mil personas reúnen firmas contra una ley que se propone reparar en algo el calvario discriminatorio sufrido por una minoría trans. El comandante en jefe del ejército sale en defensa de los pocos torturadores de la dictadura que han sido procesados, incluso con prebendas inadmisibles. Su separación del cargo por otra parte, lejos de representar un aleccionamiento de algún tipo, se transforma en la rampa de lanzamiento del partido militar.

La voz militar vuelve habilitada como si nada hubiese pasado, y aunque su éxito en términos de votantes probablemente se restrinja a la familia castrense y las peores expresiones de la derecha local, la sola participación de esas agrupaciones cívico-militares supone un terrible ejemplo de lo admisible en estos modelos democráticos. A esta lista de insucesos podríamos agregarle otros que se repiten con aparente inconexión, pero que abonan el mismo tipo de ruidos: la infiltración de servicios de inteligencia en manifestaciones ambientalistas o la recolección de cuatrocientas mil firmas para una iniciativa que supone más militarización. Todo esto está pasando ahora sin el relevo de una versión uruguaya del “bolsonarismo” en el gobierno. Pasa en pleno progresismo.

 

La burguesía lo necesita, el fascismo actúa

 

En el Uruguay de fines de los años cincuenta la CIA impulsaba programas de asistencia militar donde se especializaba a unidades militares en contrainsurgencia. Incentivaban programas de ‘seguridad pública’, que implicaba la militarización de la policía y la capacitación de los departamentos de Inteligencia en tareas de contrainsurgencia, infiltración y espionaje político. Promovían mecanismos de identificación civil y control de fronteras, leyes para limitar el derecho a huelga, y alentaban a través de organizaciones de la sociedad civil, agrupamientos para difundir ideas de “respeto a la civilidad”. Esto lo hicieron a través de distintos períodos de gobierno, con más o menos respaldo de la clase política local. Utilizaron operadores desde adentro y desde afuera del sistema político.

Para principios de los años sesenta había casi medio centenar de nucleamientos “civiles” instalados en la sociedad uruguaya. Se asentaron fundamentalmente en el interior y en los barrios adinerados. Confluyeron peones, estancieros y milicaje en sociedades folclóricas y se conectaron con logias en los cuarteles. Fanáticos católicos y comisarios, comisiones de damas y padres preocupados por la supuesta influencia marxista en los centros de estudio. Todo ese entramado fue la base social del paramilitarismo. Como martillo contra yunque estuvieron adoctrinando jóvenes y ganando espacios durante diez años hasta que se consumó el Golpe de Estado en junio de 1973. De ahí en adelante, se encargó la dictadura directamente.

 

En setiembre de 1973, en Chile, Pinochet también daba el golpe. Diecinueve días antes, había sido el propio gobierno de Allende que nombró al dictador como comandante en jefe del Ejército. Más recientemente, fue el propio Partido de los Trabajadores en Brasil quién estrecho la mano con Michel Temer, alcanzando una alianza electoral que lo llevaría a la vicepresidencia en el 2011, para que luego su partido, el PMDB, en alianza con los partidos de derecha conservadora y la burguesía, dieran un Golpe de Estado técnico en el 2016. Su fugaz dicta-blanda de dos años alcanzó para que los militares aumentaran drásticamente su participación en las calles bajo pretexto de colaborar en la seguridad pública. El siguiente paso lo daría Jair Bolsonaro como presidente electo por sesenta millones de personas, constituyendo un gobierno anti-izquierdista, racista y homófobo, de amplia participación militar.

 

Claramente el ascenso del fascismo en nuestras sociedades no fue producto de una contienda electoral concreta o una polarización espontánea de fuerzas, sino una compleja y sistemática sucesión de movimientos que se fraguan mucho antes de los auges autoritarios y más allá de los recintos parlamentarios.

 

Las políticas miliqueras son la levadura del fascismo

 

En Uruguay, en el año 2008, el hijo del dictador Bordaberry proponía cincuenta medidas para mejorar la seguridad pública. Una quincena se aprobaron casi de inmediato con leves modificaciones, otras treinta siguen a estudio del gobierno. La porción más agresiva del proyecto, que fue desestimado en su momento, reapareció ahora con el aval de los cuatrocientos mil firmantes de la campaña “Vivir sin miedo”, cuyo contenido central es militarizar a la policía y otorgarles más participación a los militares propiamente en tareas de seguridad y emergencia pública. Todo indica que los militares (quienes ya han sido facultados para hacerse cargo del patrullaje fronterizo y los perímetros carcelarios) continuarán su despliegue territorial con más o menos celeridad según prospere o no el plebiscito miliquero. Lo que en todo caso está claro, es que no retrocederán de los espacios obtenidos.

 

Los planteos del perfeccionamiento del aparato represivo al servicio de la institucionalidad democrática se proyectan dentro de la izquierda, tienen fuerza asombrosamente a la par que aparecen intermitentemente (y cada vez más seguido) indicios de la actuación de los servicios de inteligencia en Democracia, y a la vez que los espacios de memoria a los desaparecidos son sistemáticamente agredidos. Éstos planteos –los de un aparato represivo depurado y democrático- contrastan con la promoción de leyes antiterroristas y adquisición de equipamiento antimotines, que por el contrario equivale a proyectar escenarios de policías enfrentados a la gente. A su vez, surge la evidencia de la infiltración de nuevas generaciones de policías en manifestaciones sociales, donde se siguen y registran a manifestantes, en operativos de dudosa legalidad, pero con aval de las jerarquías policiales y políticas, sin que ninguna institución exija esclarecimiento de las actuaciones. Cabe concluir que promover desde una perspectiva de izquierda la fantasía de un aparato represivo depurado y democrático, es cuanto menos una irresponsabilidad que tiene tan escaso aval histórico como posibilidad futura de concretarse. En cambio, los riesgos del fracaso de tal proyecto se pagan, lamentablemente, con nuevos y más tecnificados métodos represivos, con más listas negras, con más gente fichada por pensar distinto, con más policías y militares formados en la cultura de la soberbia y el desprecio. En fin, con más instrumentos para fortalecer el fascismo.

 

Si pisas una mariposa, provocas una dictadura

 

Ese fascista que todos llevamos dentro que decía Focault, se alimenta en cada reacción autoritaria, y muere con cada gesto solidario y creativo. Contradictorio y esperanzador, el escenario actual da señales de amplios movimientos, si no en un sentido revolucionario cómo siempre lo entendimos desde la izquierda, si claramente a favor de una sensibilidad transformadora de las relaciones interpersonales. El protagonismo del feminismo, la demanda de derechos de minorías históricamente discriminadas, la jerarquización de la cultura cómo vehículo de protesta y una lectura interpelante del desarrollo en detrimento de la naturaleza, suponen posicionamientos desafiantes contra otra versión de la actualidad que se aferra en reacción a desconocer el valor de estas nuevas formas (o tal vez viejas formas, pero revitalizadas a fuerza de la asistencia de multitudes). Es importante poder descubrir en estos movimientos las primeras escaramuzas de una batalla que ha de librarse a escala mundial contra el fascismo. Un nuevo ¡no pasarán! que se resignifica desde lo más simple y esencial: “No pasará tu violencia machista”, “no pasará tu desprecio por mi identidad de género”, “no pasará tu mercado sobre nuestros espacios creativos”, “no pasará tu fábrica sobre nuestros ríos”.

De que de todos esos “no pasarán” se constituya una fuerza capaz de trascender la atomización y plantear cambios estructurales no se puede tener certeza. Pero lo que está claro, es que sólo desde esas posiciones viscerales contra modelos perimidos de pensamiento, hay posibilidades de que nazcan iniciativas rebeldes que se transformen en alternativas al modelo dominante. Del otro lado (que de un momento a otro puede ser tu propio lado), no hay campo fértil para los cambios.

 

¿El ascenso del fascismo se dirime en las elecciones?

 

No hay un fascismo llegando por la frontera norte o una horda derechista preparándose en los barrios ricos. De hecho, si se mide en términos de intención de voto, el voto de la derecha en Brasil cómo en Argentina (y probablemente en Uruguay), es un voto de galera y championes rotos. Una oligarquía ansiosa por castigar los excesos de una administración que ha trazado con los retazos de un legado izquierdista una agenda social tibia e insuficiente para resolver los problemas sustanciales, pero suficientemente irritante para el empresariado. A su vez, una masa culturalmente empobrecida que ha crecido con una única conclusión en materia política: las elecciones son un mercado de favores.

Por su parte, el fascismo de esta etapa se diferencia del nazismo hitleriano en tanto encarna una alianza que sorprende por la antagonía de sus componentes: empresariado ultra-liberal en convivencia con militarismo reaccionario. De ahí que cierta pose demócrata-burguesa (especialmente en nuestro país) prefiere no emparentarse directamente con el “bolsonarismo” y sus expresiones locales, más allá de que contienen la sonrisa de beneplácito frente a cada señal de gorilaje exacerbado. Saben que sus cunas ideológicas tienen una distancia que no admite un contrato a ciegas con el neo-fascismo y prefieren confluir, por ahora, en programas a corto plazo y propuestas concretas. Pero ellos saben que una coalición anti-progresista en el escenario local (más parecida al “macrismo” que al “bolsonarismo”) tendrá que enfrentar más temprano que tarde la fuerza de un intento de “restauración progresista”, brecha para la cual quieren contar con el mejor aliado para la tarea: los adoradores de la bota y la cachiporra.

Resumiendo: claro que no es equivocada la consideración de que la caída de los gobiernos progresistas deja paso a una derecha ansiosa de barrer con esa tibia agenda de políticas sociales, deshacerse de los programas culturales y profundizar la precarización laboral. A decir del Sub-Comandante Marcos hace dos décadas (cuando los progresismos recién despuntaban con la esperanza de desplazar a las políticas neoliberales): “A la sombra de una izquierda que no se define en teoría y práctica, acecha el fascismo más retrógrado”.

Lo que no parece tan acertado, sin embargo, es suponer que el avance del fascismo se dirime en el instante electoral, y que, por lo tanto, la permanencia de los progresistas en la administración del aparato del Estado (o su regreso posterior) asegure un freno a esas políticas reaccionarias. Lo único que emplazará a los unos y frenará a los otros, es una base social fuerte y organizada, con capacidad de enarbolar con firmeza y amplios niveles de autonomía las ideas de los desposeídos, de los excluidos, en todos los planos. Una fuerza que pueda expresarse en frentes sociales donde se cultiven concepciones radicales de cambio. Si es ambientalismo que sea anticapitalista, si es feminismo que sea antipatriarcal y desde abajo, si es cooperativismo que sea solidario y edificador de un proyecto transformador, si es sindicalismo que sea con democracia directa y perspectiva de quiebre. En fin, si es de izquierda, que sea revolucionaria.

 

Pablo Mejías