A CINCUENTA AÑOS DE JORGE SALERNO, ALFREDO CULTELLI Y RICARDO ZABALZA

 

PREGUNTAS A UN SOBREVIVIENTE

Entrevista realizada por La Senda a Jorge Zabalza

 

Vivimos un período histórico muy particular, donde parece que no hay futuro y que un cambio revolucionario no es posible o se ve muy lejano. ¿Cuál crees que son las características más salientes que diferencian esta coyuntura de los tiempos en que Raúl Sendic Antonaccio formuló sus planteos y desarrolló su práctica?

 

Parecía que nada ni nadie podía detener aquel impulso de octubre de 1917. La humanidad había echado a andar. Medio siglo más tarde, desoyendo el pacifismo estalinista, la época la marcaron la revolución en la revolución de Cuba y la guerra de todo el pueblo de Vietnam. Hervía la sangre de la generación del Ché Guevara. En reacción a las agresiones de las bandas fascistas, en Uruguay surgieron grupos de autodefensa. Sierras, montes y ciudades de toda América albergaron clandestinidades para todos los gustos. Dar la vida por la revolución era tan natural como respirar. En ese clima propicio a la desmesura irrumpió Raúl Sendic Antonaccio.

En apenas tres años (1968/1971), se instaló un polo de lucha revolucionaria. Crujieron los amortiguadores del Uruguay Batllista y el centro político estalló en mil pedazos. Desde la izquierda nació el Frente Amplio con el propósito de reencaminar el proceso hacia una salida parlamentaria y electoral.

En 1971 las elecciones confirmaron que la mano dura de Pacheco Areco y Aguerrondo contaba con mayoría contundente, el apoyo que necesitaban los golpistas. Sin embargo, al mismo tiempo, una minoría muy significativa, la suma de Por la Patria y el Frente Amplio, votó contra el pachequismo y la perspectiva de golpe. En Montevideo alcanzó al 60% del electorado. La acción armada había contribuido a la formación de esa masa opuesta al autoritarismo, pero, a pesar de ello, no la guerrilla no supo leer el mensaje de los votantes. Se menospreció el respaldo al golpismo, así como la posibilidad de que esa masa votante se constituyera en sujeto político y frenara el golpe de estado en la calle. Fuimos incapaces de pensar el “Tejazo” de toda Montevideo como horizonte insurreccional.

La lectura equivocada indujo a olvidar el sentido político del uso de las armas (crear compresión política, o sea, acumular fuerzas). Las acciones de 1972 causaron rechazos en la población y desflecaron las posibilidades de un movimiento insurreccional masivo. Se cayó en el militarismo y se debió enfrentar a las fuerzas armadas aislados de la compresión popular. Se desembocó en el desbarranque en 1972. En el clima de derrota florecieron las flores del mal. Las mismas que, luego de la muerte de Raúl Sendic en 1989, reaparecieron en forma de olvido y perdón para los crímenes del terrorismo de estado, un modo de conciliación de clases cuya semilla ya existía en la rendición incondicional del Batallón Florida.

Desbarrancada la guerrilla, los sentimientos y las ideas antidictatoriales se manifestaron masivamente en la Huelga General de 1973 y, pese a la derrota, lograron sobrevivir las mil formas distintas de terrorismo de estado. Arraigados en la consciencia popular, el 30 de noviembre de 1980 emergieron con el NO a la dictadura y fueron la levadura del espíritu de 1983. Fue el pueblo trabajador buscando formas de organizarse y no grupos revolucionarios que buscaban cómo organizar al pueblo. Nuevamente se enfrentó el palo y la tortura, proceso que culmino en el río de libertad que vibró con el sonido de la voz de Alberto Candeau.

Esa resurrección de la lucha popular alarmó a civiles y militares y el susto trajo concertaciones y pactos varios. La estrategia que sobrevolaba el club naval se proponía desalentar las posibles insurgencias populares. Tras bambalinas acordaron que el terrorismo se retirara impune a cambio de unas elecciones con candidatos proscriptos. Implicaba que el progresismo aceptara que las fuerzas armadas tutelaran las instituciones republicanas. De hecho, cada cuartel volvió un bastión del terrorismo de Estado y foco de su irradiación a la sociedad.

La impunidad de los criminales de uniforme atrajo de diversas formas a la mayoría de las organizaciones partidarias que, con el tiempo, se corrieron hacia la derecha y deshilacharon el río de libertad del Obelisco. Se amontonaron en el centro político y, en diferentes formas y grados, se hicieron cómplices del olvido de los crímenes. A ello se agregó la caída del muro de Berlín, resultado de la equívoca doctrina soviética de la “coexistencia pacífica”. Desde 1990 la humanidad comenzó a desandar el camino andado desde 1917. La izquierda fue sometida a un bombardeo ideológico que indujo el abandono de principios y convicciones. Sobrevino un quiebre ideológico, especialmente en las sucursales de la matriz estalinista.

Ya sin dientes ni vergüenzas, los exguerrilleros ensayaron la nueva rendición incondicional, la entrega total de concepciones y principios. Se especializaron en organizar “gigantes estúpidos”, como Julio Marenales caracterizó al MPP de Mujica e Huidobro. Asustados por la Masacre de Jacinto Vera se propusieron disciplinar las futuros y posibles enviones de rebeldía. “Educaron para la paciencia”, señalaba Helios Sarthou. Estos nefastos arrepentidos se encargaron de desclavar la estaca que sujetaba el progresismo al margen izquierdo.

Sin ancla y sin brújula, el progresismo quedó al garete y se convirtió en operador de los grandes capitales nacionales y multinacionales. Parece no tener fin el retroceso hacia el Olvido y el Perdón, la conciliación de clases y la extranjerización de la economía. La reculada general es la principal diferencia entre la coyuntura la actual y la del Ché Guevara y Raúl Sendic Antonaccio. El relato permite entender que el horizonte no se alejó espontáneamente, fue alejado por los capataces del capitalismo que, desde la izquierda, impusieron la visión liberal a la humanidad entera. El Uruguay Progresista está dominado por esa estrategia que propone avanzar hacia una utópica democracia avanzada que, en realidad, es una forma de democracia burguesa.

Satanizaron el radicalismo en las luchas sociales para criminalizarlo. Se dedicaron a destruir las perspectivas y las intenciones revolucionarias, a desalentar el surgimiento de movimientos revolucionarios. Disolvieron aquella firmeza espontánea demostrada en la Huelga General. Los leones amansados lograron su objetivo e integraron a la telaraña mundial del capital global las fuerzas identificadas con el cambio por el pueblo uruguayo. Que cada cual asuma su responsabilidad, sentenció Raúl Sendic Antonaccio.

 

 ¿Qué papel cumple la democracia tal como la conocemos? ¿es un bien en sí mismo que hay que cuidar? ¿Cuál era el pensamiento de Raúl Sendic Antonaccio al respecto?

 

En 1985 el pueblo uruguayo despertó de su larga noche de doce años. A la pletórica alegría por el regreso de los milicos a los cuarteles, se agregaba la expectativa ilusionada por la llamada “restauración democrática”. En ese mágico contexto fuimos liberados los y las últimas prisioneras políticas el 14 de marzo de 1985. El movimiento popular nos abrazó. Se reconocía la causa justa de la lucha, su finalidad transformadora de este mundo trastornado y sin salida.

Raúl Sendic Antonaccio pasó invicto por los interrogatorios, nadie podía acusarlo de actitudes equívocas, ni de una sola palabra de colaboración o rendición. Salió con la misma dignidad y convicción que tenía al ser hecho prisionero.

En una entrevista en Barcelona, aclaró su composición de lugar: “el hecho de que hayamos sido legalizados no implica que termine el proceso revolucionario o que se renuncie al mismo. Simplemente, son etapas y coyunturas donde un movimiento opta por la legalidad porque, si no lo hiciera, tropezaría con la opinión mayoritaria del pueblo. El movimiento revolucionario va a seguir siempre con lo que el pueblo admita en cada hora de la historia” 1.

No se acopló a los himnos sacramentales de alabanza a la democracia liberal. Proclamó que la lucha continuaba en el marco legal instalado. En última instancia aceptar o no la legalidad era decisión nuestra. Aunque siempre cabía la posibilidad de tropezar nuevamente con la piedra del aislamiento, se había aprendido la lección. Raúl quería transitar la legalización sin abandonar la perspectiva revolucionaria de los ´60. Era el compromiso ético y moral contraído tantas y tantos que habían perdido la vida en el pasado de lucha.

A 20 años del asesinato del Ché Guevara, en su columna de “Mate Amargo”, Raúl redondeó con precisión su idea de qué hacer: “Ocupemos esos espacios buscando soluciones colectivas. Para sobrevivir, claro, pero saliendo en forma solidaria de los problemas. Si nos concientizamos en esa misma realidad, si nos mentalizamos para la salida colectiva, si hacemos una estrategia común para combatir el fascismo, volveremos a la fe y a la mística de los sesenta. Estaremos construyendo, en serie, hombres como éste, cuyo aniversario hoy conmemoramos. Será de vuelta la hora de los hornos y no se verá más que la luz” 2. En el Franzini (diciembre de 1987) señaló que la tarea seguía siendo “construir en los hombres y mujeres millones de columnas donde se pueda asentar una sociedad socialista”.

Se planteaba preparar el terreno subjetivo para las futuras insurgencias, denunciando la injusticia del latifundio, de la deuda externa y del dominio de la economía por el extranjero. El “Movimiento por la Tierra y contra la Pobreza” fue creado para luchar por un cambio en el modo de producir del campo, para repoblarlo expropiando latifundios sin indemnización alguna. Raúl cuestionaba a fondo esa legalidad que se comprometía a respetar. La radicalidad del programa conducía chocar de frente con la clase capitalista, la garantía del curso revolucionario. ¿Adónde han conducido los programas sin cafeína en boga desde los ’90?  La disolución de programa precedió a la incorporación a la democracia burguesa vestida de seda.

A Raúl Sendic no se le ocurrió sumarse al ritual parlamentario. El Palacio Legislativo alejaba del sentir popular y acercaba a los dueños del poder. La democracia surgida del Pacto del Club Naval no le parecía tan primaveral: “(…)” en mi país el Estado de Derecho deja mucho que desear y el gobierno comparte el poder con las Fuerzas Armadas”, la tutela militar protegía la del gran capital y éste retribuía sosteniendo la impunidad.

Sin embargo, sabiendo que las formalidades restauradas habían cobrado valor para la gente, Raúl no dudó un instante en afirmar que “(…)” nosotros estamos dispuestos a defenderla si se ve amenazada”. Frente a la posibilidad de otro malón militar, Raúl proclamaba su disposición a defender esa democracia recortada para estar junto al pueblo. Incluso, si era necesario, con armas en la mano.

La desconfianza hacia la democracia burguesa venia de larga data. Cuando en 1963, la policía de Paysandú detuvo a Raúl “por las dudas”, por si organizaba la solidaridad con los que bajaron la palanca en UTE, escribió que “Hoy podría dar más garantías individuales un revólver bien cargado que toda la Constitución de la República y las leyes que consagran derechos justos. “(…)” Pensar en protegernos, ya que no podemos pensar que nadie lo haga por nosotros. Tal vez así lleguemos a asumir nuestro propio rol en la historia” 3.

Poco antes, en 1958, impactado por la represión a la huelga de los peones remolacheros en Paysandú, había escrito: “Ante la mínima amenaza a los intereses capitalistas, una huelga obrera, por ejemplo, se esfuma hasta el último rastro de democracia “(…)” [y] queda al descubierto una cara siniestra que ya evoca las siniestras fauces del fascismo” 4. En aquella Suiza de América, que se vanagloriaba de su colegiado, Raúl opinaba que la libertad y la democracia eran pura apariencia y sólo las disfrutaban la gente rica.

En el trasfondo de su crítica a la democracia, se adivinaba el mejor Carlos Marx, el que había caracterizado la Comuna de París como obra de las masas obreras y no de una élite dirigente. El pueblo obrero parisino actuando por sí mismo, sin la mediación de representantes. Nada más democrático que esa forma directa de organizarse para conducir el tránsito al socialismo.

 

 

Parece haber una suerte de olor a guerra en el continente, particularmente en Venezuela. ¿Cómo ves esta situación y que tanto puede modificar el escenario actual, pensando en la perspectiva revolucionaria y en el carácter continental de la lucha?

 

Marcos Pérez Jiménez, al que llamaban “dictador blando”, mandó edificar más de sesenta bloques de apartamentos en el cerro ubicado detrás del Palacio de Miraflores en Caracas. Al igual que los “palomares” de Cerro Norte y Casavalle eran verdaderos campos de concentración para marginados. Sin embargo, sin agradecer para nada los favores recibidos, hartos de soportar la opresión, el pobrerío hizo detonar la explosión popular que derrocó al tirano el 23 de enero de 19585. Al barrio lo bautizaron “23 de enero” para no olvidar el día que se alzaron en armas. Los pobladores se auto identificaron con la insurrección popular.

En esos años Caracas albergó miles de inmigrantes que venían del campo. La ciudad quedó dividida en dos, mientras que el Este fue enclave de la riqueza y de las clases medias, en los barrios del Oeste se apiñaron trabajadores y desocupados. Junto a los bloques de 15 pisos, en el “23 de enero” se multiplicaron las “casas de cartón”. Unas 4.000 familias ocuparon apartamentos en forma ilegal. Resolvieron por sí mismos su problema de vivienda, el que no resolvía el Estado. Al espíritu insurrecto se agregó el sentido “okupa” de autonomía.

La restauración de la democracia liberal, sin embargo, no había sido más que un cambio de chip, el pasaje a la dominación de clase ejercida de modo algo más pacífico. El maquillaje político era más lindo a la vista, pero la lluvia siguió cayendo triste en los techos de cartón. Muchos de los que habían contribuido al derrocamiento optaron por irse al monte, a las guerrillas de los ’60.

En febrero de 1989 los vecinos volvieron a bajar de los cerros y saquearon los grandes comercios. Fue un “sacudón”, el “caracazo”. La represión dejó tendidos dos mil cadáveres. Quedó al descubierto la esencia dictatorial de la democracia burguesa. Surgió, entonces, una certeza: a la violencia institucional se la enfrenta con un movimiento de base altamente ideologizado6. De tal certidumbre nacieron el Movimiento Revolucionario Tupamaros y otras organizaciones político-vecinales en el “23 de enero”.

La delincuencia y el narcotráfico, los males que sembró el capitalismo luego de caída la URSS, eran los problemas sociales más graves para la comunidad del “23 de enero”. La droga era un instrumento para domesticar la juventud, para evitar que se integrara a la lucha social y política, una forma solapada de violencia institucional que la policía introdujo en plan de imponer su autoridad. A la vez servía para justificar el perfeccionamiento de los cuerpos policiales, preparándolos para la represión generalizada. El plan se completó con la satanización de los barrios pobres, presentados como cunas del mal, fuentes de horror social, las “zonas rojas” que les dicen en Montevideo.

En el “23 de enero” no se recurrió a la policía. Una vez superados los prejuicios y tabúes, se buscaron soluciones basadas en la solidaridad con los consumidores, entendiéndolos víctimas del sistema y no enemigos del pueblo. No se los arrojó a la arena para que se los comieran los narcotraficantes y policías corruptos, sino que se buscó integrarlos a las actividades colectivas, hacerlos sentir parte de la comunidad. Esa forma de luchar contra la droga y el narcotráfico venía de una perspectiva de siembra de gérmenes de poder popular.

Por otra parte, al gestionar por sí mismos cuestiones tan delicadas y trascendentales, la comunidad se enriqueció y los luchadores con intención revolucionaria debieron profundizar sus discusiones. Se plantearon algunos interrogantes de fondo: ¿cómo escapar a la lógica de la rotación entre conservadores y progresistas?, ¿cómo tumbar esos partidos políticos que revestían de democracia liberal la dictadura burguesa?, ¿lucha armada o más “caracazos” espontáneos? En el debate se involucraron sectores de la comunidad.

La cultura y las ideas insurgentes, fruto de las experiencias de 1958 y 1989, se contrapusieron abiertamente a las ideas de la domesticación. La batalla ideológica fue forjando la voluntad revolucionaria que, en agosto de 1992, se expresó en la movilización que respaldó la tentativa de asalto al poder. Hugo Chávez supo cabalgar esa marea popular del “23 de enero”.

Vecinos de la comunidad reunidos con un grupo de luchadores con intenciones revolucionarias crearon a fines de 1993 la Coordinadora Cultural Simón Bolívar. La finalidad expresa era luchar para resolver las cuestiones inmediatas (luz, agua, saneamiento), pero, en la perspectiva se adivinaba la idea de convertir al vecindario en sujeto político de una revolución social.

Se organizaban actividades culturales, foros, talleres, festivales musicales, jornadas de murales y de limpieza, a las cuales se mechaba, para darle contenido ideológico, actos en solidaridad con los pueblos en lucha. El 26 de setiembre de 2008, por ejemplo, para escándalo de la prensa grande, la Coordinadora inauguró la plaza Manuel Marulanda Vélez “Tirofijo”, en homenaje al guerrillero campesino de Colombia.

La estrategia de crear poder popular encontró apoyo práctico y político en el chavismo, en particular luego de aprobada la reforma de la Constitución. Si bien el Estado se proponía garantizar el bienestar del pueblo, satisfaciendo sus necesidades sociales, al mismo tiempo, sin falsas contradicciones, se abrieron espacios para que la comunidad organizada interviniera activamente en la elaboración de las políticas públicas, en la asignación de recursos y su justa distribución.

Durante los gobiernos de Hugo Chávez, el “23 de enero” se convirtió en garantía ideológica de la radicalización del chavismo, emblema y fortaleza de la voluntad revolucionaria. En abril de 2002, la intervención de la comunidad fue fundamental para desbaratar el “carmonazo” y restituir al legítimo presidente. Tal vez por eso, simbólicamente, Chávez quiso que lo enterraran en el cuartel de la Montaña, en medio del “23 de enero”.

Más que las fuerzas armadas de Maduro, a la amenaza de los marines yanquis y los paramilitares colombianos le responde el pueblo organizado, ya sea armado en milicias, ya sea reunido en comunas. No hay otro modo de vencer a los agresores. Sin embargo, esa voluntad de resistir necesitaría que se tomaran medidas de profundización del socialismo, como hizo Fidel luego de Playa Girón. Sin embargo, lamentablemente, a esas medidas no se le oponen solamente desde la derecha escuálida, sino también lo hacen desde riñón mismo del poder político militar que gobierna.

El impulso al socialismo se debilitó al morir Chávez, lo frenó la cohabitación con sectores de la burguesía, tanto de la “boliburguesía” como de la más vieja y adeca. Desde el proletario “23 de enero” se propone apretar el acelerador. “La revolución es ahora” reclaman el Movimiento Guevarista Revolucionario, la Coordinadora Cultural Simón Bolívar, las Fuerzas Patrióticas Alexis Vive, Radio al Son del 23, Radio Arsenal, Consejo Comunal Simón Rodríguez, Comuna Panal 21 y el Movimiento Comuna del Agua del Estado de Lara.

Escribe el compañero Juan Contreras: “El imperio gringo nos ataca, pero internamente hay que luchar contra la corrupción, la burocracia y el nepotismo”. No se puede seguir tolerando que las finanzas públicas sean saqueadas por mafias organizadas con personeros del gobierno y militares de alto rango. Es necesario impedir que miles de millones de dólares pertenecientes al pueblo venezolano y chavista sean derrochados por los burgueses que manejan los hilos del gobierno.

El “23 de enero” es una especie de laboratorio para el pensamiento político de la revolución social. El relato de su historia de vida permite un cambio de coordenadas que ayuda a reubicarse.

 

Vivimos una coyuntura muy particular a partir del “retorno” de las derechas tradicionales a la mayoría de los países de América Latina y un agotamiento de los progresismos, lo que para la población es el fracaso de la Izquierda. ¿Crees que esto tiene mayores consecuencias en la conciencia de nuestros pueblos y por lo tanto un impacto en la capacidad de organización y acción revolucionaria?

 

El reparto de los panes y los peces parece posible en los períodos de expansión, la alucinación se vuelve masiva y los alucinados corren a votar progresismo, o sea, al batllismo en 1900 y al Frente Amplio en el 2000. Se aprueban leyes que consagran sentidas aspiraciones: la despenalización del aborto, el matrimonio igualitario, la legalización de la marihuana, la responsabilidad penal patronal. Mejora el salario y la seguridad social. No alcanza, sin embargo. Apenas se atemperan los efectos más perversos del capitalismo, no se llega a tocar sus causas.

En plena bonanza decrece la tasa de ganancia, decrecimiento que es condición de existencia de la contracción. El reparto y la amortiguación se vuelven insostenibles y los salvajes se lanzan a saquear la masa salarial. Entre las víctimas cunde la desesperación y el desengaño. Decenas de veces han intentado humanizar la bestialidad, pero el bagual es indomable. Es el fin del “Estado de Bienestar”, se inicia el “Estado de ajuste”. Así como le ocurrió al Uruguay Batllista, le ocurre al Uruguay Progresista.

Mientras recoja sus ganancias, a la clase capitalista no le importa quién gobierna, pero, apenas disminuyen, sienten el impulso incontenible de apretar las clavijas, no quieren más reformas y buscan echar atrás las ya concretadas. Aunque el progresismo haga gestos de aquiescencia, lo mandan al banco de suplentes.

Ningún progresismo se propone terminar con el capitalismo, son tan liberales como la derecha, colores diferentes en la paleta del mismo pintor. Ambos entienden que, aun siendo perfectible, la democracia liberal es el mejor invento, el que permite expresar todas las ideas libremente y en pie de igualdad. Falsedad de falsedades: las personas no son igualmente libres de expresar sus ideas en la sociedad de clases, la democracia tiene más de una faz.

En Uruguay, la hegemonía liberal está reforzada por los sentimientos residuales del período pachequismo-dictadura. Reina el temor difuso a una reedición del terrorismo de estado. A partir del fracaso del estatismo estalinista existe, también, mucha incredulidad. Consecuencia: no hay receptividad al mensaje revolucionario.

Como su propósito es juntar votos a lo bobo, el progresismo impide al movimiento de masas acercarse a la realidad, sólo le interesa pescar votos a la encandilada. Como la revolución no atrapa votos, el discurso de los arrepentidos transmite, además, la vergüenza haber sido y el dolor de ya no ser, la renuncia a la lucha contra el sistema y capitalismo. Lo que se negó a hacer Raúl Sendic Antonaccio.

Apenas los oprimidos ensayan una mínima resistencia al ajuste, a los opresores les parece insuficientes los mecanismos de amortiguación y la vía electoral y reaparecen el palo y la reja, la represión y la tortura. Es la clase dominante quien quiebra la paz social, rompe la coexistencia pacífica y, para aplacar resistencias, acude a los medios represivos. Obtiene el efecto contrario, sin embargo: las consciencias se avivan y los fuegos se encienden.

Dominan los sentimientos y las ideas más reaccionarias, que se prepara la atmósfera para sacar los perros a la calle. Apretar las clavijas se ha vuelto tan imperioso que hasta el progresismo lamenta de que el aparato represivo esté “ausente” en los barrios periféricos y sale reinstalar el principio de autoridad. Las luchas contra el sometimiento patriarcal, la discriminación homofóbica, las cianobacterias y los agrotóxicos, los despidos y de los cierres de empresas, se oponen al capitalismo por su propia naturaleza, pero los que luchan no lo saben, están confundidos por el liberalismo que propagan. La batalla es de ideas, para develar confusiones.

La ruptura de la coexistencia pacífica aclara todo. Los que luchan identifican el enemigo de clase y descubren la necesidad de defenderse como sea de la violencia institucionalizada. En este escenario se revalorizan los años de trabajosa inserción en los movimientos sociales, los años de los escasos oídos receptivos, de arar en el mar. Por fin el mensaje revolucionario comienza a ser comprendido. Resurge el canto popular, las murgas críticas, la pintura y la literatura rompe esquemas.

¿Se debe esperar entonces que el arriba decida quebrar la legalidad? No, señor, por el contrario, es preciso ir pasando la alerta, preparando subjetividades proclives a la lucha: ¡habrá que defenderse en las persecuciones que vendrán!

 

 

1   Entrevista de Manuel G. Bláquez. Revista “Punto y hora”. Barcelona. 1987

 

2  “Mate Amargo”. Octubre de 1987.

 

3  “El Sol”. 22 de marzo de 1963.

 

4   Publicado el 7 de febrero de 1958 en “El Sol”, semanario del Partido Socialista.

 

5  Véase artículo de Marcelo Colussi en “Argenpress” (8 de octubre de 2007).

 

6  Coordinadora Simón Bolívar: “La Parroquia del 23 de enero: una historia de participación y lucha populares”. Artículo publicado en “Aporrea”. 1° de febrero del 2008.